Esclava depilada

Tengo treinta y dos años y hace seis que vivo con un amigo de cuarenta, que es ingeniero de alto nivel en la región. Soy su secretaria desde el comienzo de nuestra relación. Procuro cumplir en mi trabajo y, mientras nos encontramos en el despacho, nadie podría suponer que nos entendemos sexualmente.

Hacemos todo lo posible para separar una vida de la otra, sin que se entorpezcan. Seguro que habría sido despedida de no haber actuado así desde los primeros momentos.

Sé que él me ha elegido a causa de mi cuerpo. Desde el principio me confesó que le había atraído mucho el hecho de que, siendo muy delgada, tuviera unas tetas tan grandes y excepcionalmente firmes. No exagero al resaltar mis méritos físicos. Soy una mujer consciente de mi propia valía, así como de mis imperfecciones. Saco el mayor partido de lo positivo y me esmero en ocultar lo negativo. Es una cuestión de supervivencia. A pesar de ésto, me considero pasiva y sumisa.

Desde que era muy jovencita siempre me he cuidado mucho las tetas, duchándolas cada día con agua muy fría. Lo que les ha dado una consistencia extraordinaria. Sólo en raras ocasiones uso un sujetador. Bajo los niquis, las blusas y los jerseis mis tetas oscilan tentadoras, vivas, despertando una gran admiración en los hombres. Podría disponer de varios amantes, ya que no me han faltado las propuestas, pero soy de un solo macho.

Mi amigo es un natural muy autoritario y dominador. Me hace pasar por una serie de tratamientos, que él considera buenos para el gran desarrollo del que acabo de escribir. Reconozco que hoy en día resultan unas tetas muy voluminosas y extrañamente duras; también es verdad que no he tenido hijos.

Quiero entender que el amamantamiento de un bebé hace que las tetas se desarrollen más; sin embargo, cuando finaliza este proceso, tienden a quedar flojas y caídas. Algo que no les sucede a las mías, ya que parecen disponer de las defensas necesarias para mantenerse erguidas.

Desde el primer día de nuestra relación, mi amigo me exigió que me afeitase el triángulo del pubis. De tal manera que quedase reducido a una zona peluda, muy pequeña, que por nada del mundo debía llegarme a las proximidades del ano y del perineo. Sin embargo, a mí siempre me había gustado tener un vello en la totalidad de mi espacio vaginal, porque me daba la sensación de contar con cierta protección al impedir que me entregase desnuda por completo a las miradas de mi compañero.

Pero tuve que acceder bajo la amenaza de no volver a verle, ya fuese en la intimidad o en el trabajo. Jamás bromea en estas cuestiones y le conozco lo suficiente para saber que llevaría acabo sus amenazas. No perdona que se le lleve la contraria.

El año pasado nos hicimos socios de un club de intercambio de parejas. A mí me costó mucho al principio; pero, como a él le gustaba tanto, yo hice todo lo posible para adaptarme. A finales del invierno, mi amigo tuvo que hacer un viaje a Inglaterra en el que pude acompañarle.

Gracias a nuestro club de intercambio nos pudimos poner en contacto con otro situado en un barrio del sur de Londres.

Me gustaría insistir en este momento de la importancia que damos a la amistad los socios. La cosa no consiste en follar como descosidos, a la búsqueda de posiciones y manejo de los amantes hasta situaciones imposibles, casi de circo.

Lo que importa es la naturalidad, la ausencia de celos y hallarse dispuestos a darse a los demás sin poner pegas de última hora. Ninguna de las mujeres corremos el peligro de quedar embarazadas, y todos estamos tan sanos y hermosos que el placer se da por añadidura. Es una consecuencia lógica de nuestra actividad.

A nuestra llegada nos recibieron amablemente una serie de parejas que se habían reunido precisamente para conocernos. Después de cenar nos reunimos en el salón para el intercambio. Yo no sentí ningún tipo de pánico al tener que desnudarme ante desconocidos. Además, me llevé una agradable sorpresa cuando me di cuenta de que las cuatro mujeres iban completa e integralmente depiladas. Una de ellas se había maquillado los labios de su hendidura del mismo color que los de la boca.

La lujuria me abrazó igual que esos impermeables transparentes en una tormenta veraniega. Estaba siendo deseada por todas aquellas personas, lo mismo que yo las deseaba a ellas. Se daban todas las circunstancias para obtener el mayor placer. Pero debía esperar.

Yo estaba nerviosa por la ansiedad, y me hubiera gustado lanzarme en busca del placer. Pero mi amigo, muy interesado, no era nada partidario de saltarse las normas del club. La dueña de la casa donde se celebraba la reunión, viendo mis pelos, le pidió a mi «amo» permiso para dejarme igual que las demás. Y él aceptó muy divertido.

Incapaz de ofrecer la menor resistencia, con los ojos cerrados y sonriendo, me encontré al momento sobre una mesa y con los muslos apoyados contra el vientre y bien separados. Una postura que me obligó a enseñar a los presentes mucho más de mí misma de lo que había hecho nunca a mis parejas españolas, incluso a las más curiosas.

La tibieza del agua, la suavidad del jabón y la habilidad de aquella inglesa, supusieron un conjunto de emociones que me llevaron al orgasmo. ¡Y cómo se divirtieron todos al comprobar mi reacción!

Luego de superar los clásicos preparativos, mediante los cuales mis pelos desaparecieron mientras surgía mi vulva en toda su desnudez, mi lujuria llegó al paroxismo. Entonces se produjo un fenómeno absolutamente inesperado. Debido a que me vi, de pronto, sacudida por un segundo orgasmo como no había experimentado nunca. Hasta el punto de que los tres ingleses —un hombre y dos mujeres—, que mantenían mis piernas separadas, pudieron chuparme el coño; mientras, yo seguía totalmente ofrecida a las miradas, con el clítoris exacerbado y el ano palpitante.

Me di cuenta de que ya era otra persona. Lo único que me importaba era gozar, por la vía que fuese y a través de los medios que a ellos se les ocurriesen. Ya no me pertenecía. Era su esclava rendida, sabedora de que no me iban a faltar ocasiones para obtener el máximo placer. Lo esperaba todo.

El orgasmo fue de tal intensidad que no logré contener los gemidos de dicha; al mismo tiempo, sentía como me tocaba la mano que acababa de afeitarme. Y unos líquidos muy abundantes se escaparon de mi coño al rojo vivo. Todo el resto de la jornada transcurrió de un modo parecido.

Me había transformado en una amante sin capacidad para el rechazo. Cualquier iniciativa sexual funcionaba conmigo. Mejor si eran de lo más agresivas y despendoladas. Y el éxtasis tomaba caracteres de infinito si encima intervenía mi «amo», metiendo la polla por donde se le antojara.

Nunca en mi vida había gozado tanto. Incluso la sodomización, que siempre la había desechado, supuso aquella noche toda una revelación. Pues mi compañero, mientras entraba en mí me masturbaba el clítoris con su mano derecha. Consiguió ponerme la vulva a fuego vivo.

Sucesivamente él se cuidaba de acoplarse a menudo conmigo y en situaciones de un erotismo enloquecedor; en seguida se dio cuenta de mi cambio, pues él nunca había tenido tanto éxito conmigo.

Yo no me reconocía. Me sentía incapaz de controlarme, y me notaba perfectamente compenetrada con aquellas mujeres que suspiraban levemente bajo sus machos.

Todos provistos de unas vergas inmensas, que siempre se hallaban dispuestas a perforarte por cualquier orificio. Llegó un momento en el que me encontré siendo follada y sodomizada al mismo tiempo.

Además, mamaba una polla, y tres de aquellas mujeres, no sé cómo, me lamían y acariciaban las pocas zonas que quedaban en mi cuerpo. Luego, yo me convertí en una gata, deseosa de devolver todos los goces que se me habían proporcionado.

A partir de ahí cambió por completo mi vida sexual. Mi amigo aprovechó para acentuar su dominio sobre mí, quizá esto supuso el reverso de la medalla. Caí en la cuenta de que me había convertido para él en un «animal de placer», que le gustaba exhibir y utilizar como se hace con las esclavas.

Ya no tuvimos que escondernos de nadie, porque se había convertido en el propietario de la empresa. Sé que aparecieron críticas, todas a escondidas y teniendo el cuidado de que mi «amo no las escuchara».

Desde aquella aventura inglesa voy completamente depilada. Mi amigo suele asistir a las sesiones de depilación, masturbándose delante de la empleada más o menos cómplice. Ya no puedo llevar bragas; lo más una cintita de terciopelo, que se mete entre los labios de mi vulva, y que mantengo fija a la cintura por medio de una estrecha tira de nylon prácticamente invisible.

No sólo me pondría ésto sino todo lo que mi «amo» me ordenase. El papel de esclava me ofrece un placer especial: no tengo que ser yo quien se esfuerce en buscar el éxtasis, gracias a que me hallo a disposición de un hombre que conoce mis necesidades y sabe cómo y dónde ha de satisfacerlas.

Mi amigo me obliga a muchas exhibiciones, que yo por propio gusto nunca haría. Como llevar camisas muy desabrochadas, que dejan asomar mis tetas desnudas al menor movimiento brusco que hago. Vestir unas faldas ajustadísimas de cuero negro, que se adaptan a mis glúteos igual que una segunda piel, remarcándolos de una forma muy provocativa. Y llevarme por la playa materialmente desnuda, pues sólo me permite cubrir el coño con una cintita de nada. Soy un objeto de exhibición para él, lo que no me importa.

En algunos hoteles de lujo donde nos hospedamos, por necesidades de cualquiera de los viajes que realizamos, él me obliga a que me deje acariciar por completo en presencia de la camarera. Completamente desnuda y en las posiciones más humillantes. Cuando no aprovecha para introducirme en el ano una figurita de adorno o las bolitas de geisha, que me obliga a llevar casi continuamente. Aunque sabe que semejante práctica masturbatoria me hace sufrir continuos orgasmos. Hasta tal punto que me fatigo y me da una vergüenza enorme, debido a que en muchos casos me noto desfallecer.

Me obliga también a desnudarme por completo antes de entregarme a algún amigo suyo, y yo me porto como una auténtica esclava debido a que tolero cada uno de sus caprichos.

Lo que peor llevo es cuando me utiliza para cerrar un contrato de venta importante. La mayoría de las veces, el cliente es un tipo viejo, feo y de modales groseros. Incapaz de comprender que yo no soy una puta. Como mi «amo» nunca les explica que somos amantes, la cosa queda en una especie de «relaciones públicas» para todo.

La suma de estas cosas a veces es difícil para mí; pero me consuelo pensando que, de haber sido mujer de sexualidad «normal», jamás me habría convertido en otra con una sensualidad tan intensa. Cuento con una forma de gozar que nadie me puede quitar, y que me produce una gran satisfacción.

Hoy día estoy en condiciones de aconsejar a todas mis amigas que se depilen el coño, pues no se pueden figurar lo que esa circunstancia puede aportar a sus actividades sexuales. Disfrutarán tanto como sus hombres, por lo que vale la pena pasar por esta experiencia tan fácil y, a la vez, tan extraordinaria.

Camila - Barcelona

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